MAESTRO ORLANDO PAIVA
Pienso que el aprendizaje sucede si el corazón lo deja pasar. Si nos encuentra con la cabeza y el corazón abiertos, como cuando éramos chicos le dábamos a la maestra nuestro crédito instintivo y sin ajaduras. Lo difícil es que después que pasen los años confiemos en las personas, y sin retruques nos hagamos permeables a ellas. El Flaco era un maestro, no por Madonna, ni Robert Duvall, ni Sean Penn, ni Basso, ni Julio Sosa. Era un grande porque uno creía en él. Y más allá de este u otro estilo, o de aquella técnica o de poner los pies así o asá, nadie habría discutido que el Flaco amaba lo que hacía y creía en lo que amaba. Cuando ya no le dio el cuerpo para bailar, le bastaba nada más pararse y abrocharse el saco para dejar suspendido el aire en la milonga, al punto tal que seguía pareciendo imponente aún cuando ya andaba muy flaquito y débil. No sé cómo, pero uno lo veía hermoso. Una vez le pregunté cómo hacía, y el Flaco, que como ya te dije era un maestro y nunca amarreteó un yeite, me dijo: “hay que saber aprovechar la veteranía”.
Ilka Luetich
Mariana Sánchez